lunes, 5 de mayo de 2008

La paciencia de la vida, mata.





Demasiadas fiestas. Demasiado vicio.


Dinero quemado.


Lejos quedó el tiempo en que por sus brazos habían pasado lo que ahora son recuerdos de jóvenes amantes.

Todas ellas amores fugaces. Sexo de una noche.


Y mientras miraba sus manos, postrado en aquella cama de hospital, se las fue acercando a la cara para reconocerse.


Qué importaba ahora ver su rostro si ya no tenía a nadie con quien hablar.

Enfrente había un cuartito de aseo.

Dentro había un espejo donde mirarse, pero no tenía fuerzas para ir, por lo que la cuña era ya una parte más de su anatomía.

En lo alto una tele colgaba del techo.

Pasaba los días muriendo con programas de mierda delante de la caja tonta, aunque le era casi más cercano que su propia familia, la cual en un principio venía a verlo cada día, luego cada varios días... semanas... meses...


Ojalá tuviera fuerzas para salir de aquí -pensó.

Muchas veces recordaba la vida que lo había arrojado a este lamentable estado. Pero no pensó jamás en el suicidio, le parecía de lo más cobarde.

No se arrepentía de nada. Y si alguna vez una enfermera le "tiraba de las orejas" al contar una de sus historias tipo 'Sex,Drugs and Rock&Roll' , él respondía "Que me quiten lo bailao!".

Sabía que no era bien visto por nadie.

Que les jodan -pensó, y se encendió un cigarrillo. Sólo acercaría lo inevitable.

"El propio sistema sanitario me está drogando legalmente, con sustancias
más potentes que muchos opiáceos ilegales!".-Decía cuando el personal sanitario forcejeaba con él para apagarlo.

Tenía 30 años, pero su aspecto era el de un hombre de unos 50.

A menudo recordaba que meses antes de entrar al hospital era libre...

Pero lo bueno, no podría durar para siempre, e imágenes de un verano en 1980 le hacían dudar si tal vez se lo merecía, por hacer daño a sus seres queridos.


Estaba en su cuarto, pestillo echado.

Asimilando aún lo que vendría. Sentado en la cama. Derrotado.

Con las manos tapándose el rostro, como si ese fuera el único lugar donde nadie le encontraría.

Nunca debí volver aquí -se repetía.


En el espejo frente a su cama creyó ver a su imagen. Le miraba con desprecio.

La recordaba borrosa, tal vez por las lágrimas.


Metía su escaso equipaje en la maleta lentamente mientras el padre esperaba afuera con el coche en marcha.

La madre, le pedía a través de la puerta que por favor saliese, que todo iba a salir bien, aunque notaba como su voz caía y se partía en mil pedazos, mil llantos que se clavaban en su corazón.




Tanto amor prohibido había pasado factura.

"Porqué a mi?", no paraba de pensar.


"Me sentía excluido del mundo, así que llamé a mi familia y les dije que era seropositivo. Ni siquiera puedo nombrar mi enfermedad, me da miedo porque es el nombre de la muerte. "


(Cita del libro: La Muerte íntima. Marie de Hennezel)








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niña ostion Que penica madre!!